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DCLM.ES · RELATOS BREVES DURANTE EL CONFINAMIENTO

MI QUERIDA ESPAÑA -Un acercamiento al siglo XIX a través de sus crímenes. 4.- Un crimen horrible.

Por Carlos Muñoz González

06.08.2020

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Es éste un caso sumamente interesante por la cantidad de detalles del mismo y por las tres versiones que cada uno de los acusados da de lo sucedido, reflejándose la miseria humana en el grado más alto al que se pueda dar.

Los hechos se produjeron en la provincia gallega de A Coruña.

“Resultando que en la mañana del 10 de agosto de 1869, fue hallado en la Heredad de Cepeira y a 40 pasos de la carretera de Santiago a Noya, el cadáver de una mujer, que identificada apareció ser Manuela Pérez Álvarez, cuya cabeza estaba magullada en parte y desgarrados sus tegumentos por el frontal y la garganta en completa putrefacción, cubierta de gusanos, fluyendo alguna sangre, lo cual indicaba la existencia de alguna lesión hecha con instrumento cortante; sólo vestía una camisa de lienzo hasta la mitad del cuerpo, y el resto de lana gruesa del país, justillo de algodón encarnado, refajo negro y una chambra de percalina blanca con serpentina negra en los puños, cubriéndole los pies con un saco de cáñamo: inmediato a la cabeza, cogiendo la parte del pecho, se hallaba una piedra de peso de unas 20 libras; los alrededores sin indicios de sangre que demostrasen el punto de la muerte, porque en el que se hallaba no podía haberlo sido, notándose solamente en la heredad inmediata, entre el maíz y a 24 pasos del cadáver, un palo de tres cuartas y media de longitud con varias manchas de sangre y roto; apareciendo después, según la fe de libores y reconocimiento practicado por el Juzgado de Primera Instancia de Santiago, que debajo del cuerpo había un pañuelo de seda carmesí y la punta del palo que faltaba al recogido y confrontaba con la otra, y que en el dedo índice del la mano izquierda y su pulpejo había numerosas cicatrices en forma de puntos, al parecer efecto del ejercicio de la costura.

Resultando que la muerta de Manuela Pérez, fue resultado de las lesiones descritas por los facultativos que hicieron la autopsia de su cadáver, manifestando que la piel del cráneo desprendida de éste en toda su extensión, dejaba ver la posterior del coronal y la mitad anterior de ambos parietales, los ojos algo salientes, como dislocados de la órbita, el arco orbitario derecho en su tercio exterior fracturado completamente, presentando un fragmento movible de cuatro líneas en dirección horizontal y tres en la vertical, interesando todo el espesor del hueso; en el pliegue cutáneo que las mujeres presentan en el cuello, llamado collar de venas, una herida de cinco centímetros de largo y dos de profundidad en su mayor extensión, que partiendo del cartílago tucídeo ocupada toda la región carótida y terminaba en la supraclavícula, interesando la piel, la apuncurosis cervical, músculo cutáneo, arteria carótida y vena yugular interna; por todo lo que opinaron dichos facultativos que el cadáver lo era hacía seis u ocho días; que al sitio adonde se le halló, fue trasladada la mujer después de muerta, y que un palo o piedra y un arma cortante habían sido a no dudar los instrumentos del crimen; que la lesión del frontal debió de ser la primera, la que indudablemente hizo caer a la víctima al suelo, en donde recibió la herida del cuello.

Resultando que desde el 2 de agosto anduvieron juntos la difunta Manuela, su hermano Andrés, José Martínez y Dolores Abelenda, los cuales fueron detenidos el 5 del mismo mes, como sospechosos de rateros en las ferias y sin ocupación, y conducidos al

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Juzgado de Noya, donde después de indagados, fueron puestos en libertad el día 6 por falta de méritos para continuar su procedimiento.

Resultando que en la tarde del 6 y taberna de Tojos-outos, donde se detuvieron los procesados y la Manuela Pérez con motivo de ser la festividad del patrono, el Andrés Pérez, que ya anteriormente había sido procesado y penado por hurto, sustrajo a un platero un par de cubiertos de plata, que fue obligado a devolverle; y siguiendo su viaje en la mañana del 7, se detuvieron a almorzar en la taberna de María Vidal del lugar de Mantelo, donde hurtaron una camisa a la tabernera y marcharon enseguida, después de pagar allí como en todas partes la Manuela, por ser la que llevaba el dinero.

Resultando que al llegar al carregal, junto a una fuente, riñeron los dos hermanos por un sombrero que el Andrés pedía a la Manuela y ésta no le quería dar; abofeteándose mutuamente; y habiendo cogido la Manuela una piedra, se la quitó el Andrés y la hirió levemente en la frente.

Resultando que dirigido el procedimiento contra los tres procesados y conseguida su captura, se encontraron en poder de Dolores Abelenda una saya de bayeta de color castaño oscuro, con unas picaduras en su falda, hechas al parecer con instrumento cortante punzante, una mandil de zarazas, unas medias de algodón, un peine de marfil o hueso, ya algo deteriorado y cuatro retales de bayeta amarilla, o sean piezas de una chambra, también usada.

Resultando que se respectivas declaraciones indagatorias y de las diligencias del careo que Andrés Pérez Álvarez, confiesa que después de haber tratado de seducirle Dolores Abelenda varias veces para que matase a la Manuela, proponiéndole que él llevase todo el dinero que trajese y ella la ropa que vestía, en encontraron en la noche del 7 de agosto José Martínez y del declarante, entre el maíz de una heredad inmediata, junto a la cual y en la parte que sólo tiene tojo, condujo la Dolores a la Manuela, que fue quien se encargó de seducirla por el deseo de poseer su ropa; que después de acostarse los cuatro en el campo y trascurrida bastante noche, dijo la Dolores: “Vaya, Manuela duerme, ahora es la ocasión”, y sin más, el declarante y Martínez, con navaja en mano ambos, se arrojaron sobre la Manuela que estaba acostada, cubierta con la saya; y sujetándola los dos, lo mismo que la Dolores, que la cogió por la piernas, el declarante la dio una picadas con la navaja y luego un corte en el cuello, que secundó profundizándolo más Martínez con la suya; y la Dolores, dejando enseguida las piernas, cogió una piedra y la daba en la cabeza para que muriese pronto, porque la Manuela hizo la resistencia que pudo, y eran necesarios los tres para sujetarla: que cuando creían que había muerto, se incorporó la Manuela diciendo “Adiós” a la Dolores y al declarante; y entonces Martínez, con una piedra grande le dio en la cara, con lo cual ya no volvió a moverse, y todos tres empezaron a desnudarla, unos por un lado y otros por otro, recogiendo toda la ropa en su cesta la Dolores, y el declarante el dinero que tenía en una bolsita colgada del justillo, que cortó con la navaja Martínez, y en la cual había 49 reales, que repartieron entre los dos, invirtiendo 5 reales en los gastos de un almuerzo, saliendo mejorada la Dolores con todas las ropas, los pendientes que usaba la difunta y unas castañuelas; y por último, que antes de llegar a Portomorro se lavaron todos las manos para hacer desaparecer las huellas.

Resultando que José Martínez, después de referir el viaje que en la mañana del 7 de agosto hizo por la carretera de Noya, acompañado de Andrés Pérez, su hermana

Manuela y Dolores Abelenda, asegura que en el tránsito riñeron los dos hermanos y se insultaron y pelearon, dando el Andrés un bofetón a su hermana, y ésta cogió una piedra que la quitó aquél, dándole con ella en la frente: que en un campo cercano a la misma carretera se acostaron juntos Andrés Pérez y Dolores Abelenda, a un lado la Manuela Pérez y el declarante a otro: que pasado un buen rato oyó que el Andrés decía a la Dolores: “Voy a matar a mi hermana porque no quiere darme el dinero”, contestándola aquella: “Pues mátala, y tú llevas el dinero que tiene y yo la ropa”. Que después de haberla amenazado al Andrés porque quería marcharse, obligándola a permanecer allí, siendo muy de noche, abrió aquél la navaja y se echó sobre la Manuela y la picó el pescuezo, dándole luego una cuantos palos con un cuadrado que tenía un cordón para colgar, que él traía consigo; y en este momento, levantándose la Manuela de rodillas, pidió por Dios al Andrés que no la matase, que iría con él al fin del mundo; pero el Andrés acercándose al muro inmediato, cogió una piedra y le dio con ellas varias veces en la cara o en la cabeza, acabando después de matarla a palos: que después de esto el mismo Andrés le sacó toda la ropa que tenía puesta su hermana y la metió en la cesta de la Dolores, que presenció impasible todo el suceso; y el declarante, por miedo al Andrés, de que hiciese con él otro tanto, sujetó a la Manuela por las piernas mientras él la mato, y que arrastrándola el Andrés, metió el cadáver en un tojal: que la Dolores no fue sujetada por nadie y todo lo presenció con serenidad y sin demostrar la menor compasión por el complot en que estaba con el Andrés de matar a la hermana de éste para llevarse luego, como se llevó, toda la ropa; añadiendo que, si bien la Dolores Abelenda le facilitó una navaja para que diese de puñaladas a la Manuela, dio con ella contra una piedra y le sacó la punta; que el Andrés Pérez, fue quien le dio los cortes del pescuezo y también con la piedra; y por último, en careo con Dolores Abelenda, convino con ella en que el palo que se le puso de manifiesto era efectivamente suyo, pero que lo había vendido al Andrés por 2 reales, añadiendo que con dicho palo el mismo Andrés dio algunos a la Manuela, y lo rompió, tirando los pedazos a la carretera, confesando nuevamente haber sujetado a la Manuela por las piernas mientras en Andrés le daba muerte.

Resultando que Dolores Abelenda, declaró haber presenciado el acto de matar el Andrés a su hermana, y que ella no le prestó auxilio alguno, en razón a que José Martínez hizo la misma operación con ella, sujetándola con las rodillas y tapándola la boca para que no gritase: que se desmayó, y al volver en sí vio a Andrés y José encima de la Manuela: que luego el Andrés le sacó la ropa que ésta tenía puesta y eran las dos sayas encarnadas de bayeta, otra de tartán de listas y otra de pañete castaño oscuro, dos pañuelos de lana al cuello y otro color rosa, una chambra de bayeta amarilla, unos zapatos, medias y mandil, y la dejaron solamente dos camisas, una saya y otra la robada, que se había vestido en el mismo punto donde ocurrió la muerte, y una chambra blanca con serpentina negra; que a pesar de su oposición la hicieron cargar con la ropa a la fuerza, así como vestirse las de la difunta: confiesa igualmente la declarante haber vendido todas las que fueron ocupadas después por la Guardia Civil y además a Pascual Rey, dos sayas de bayeta y un pañuelo grande; y en careo con Andrés Pérez, confesó ser cierto que además de las ropas de la difunta, llevó las castañuelas y también los pendientes, que vendió en Santiago; y que en camino, después de la muerta de Manuela Pérez, decía el Andrés a José hablándole de su hermana: “Ni aun después de muerta quería soltar el dinero”.

Y tras toda esta larga serie de “resultandos”, decir nada más que Andrés Pérez y José Martínez fueron condenados a pena de muerte y Dolores Abelenda a una muy merecida cadena perpetua.

Carlos Muñoz González

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